PROPUESTAS PEDAGÓGICAS PARA LA DEMOCRACIA

Aporte de la ética.

Por Beatriz Restrepo G.g

 

0. A manera de introducción.

Agradezco mucho a los directivo de Participacción esta invitación a participar en este Foro taller pues me permite compartir con ustedes una de mis convicciones más profundas : la de que un ejercicio democrático genuino requiere ir acompañado de una práctica moral y de una reflexión ética que lo enriquece y fortalece. Pero no se trata solo de una ética ciudadana (= parte de la ética que se ocupa de la moral del ciudadano), sino de la ética en el sentido amplio que trataré de señalar en el transcurso de mi intervención ; tampoco se trata solo de la ética, sino también de la moral a la que está estrechamente ligada, como trataré, igualmente, de mostrar enseguida. A la formación ciudadana en sus deberes y derechos y en el ejercicio de la democracia, y a las luchas políticas por su reconocimiento y realización, la formación ético-moral no solo aporta fundamentación, sino también motivación y vigor.

Esta articulación tomó forma desde los orígenes de la filosofía, cuando ya en Grecia Platón y Aristóteles presentaban a la ética y a la política estrechamente ligadas entre sí. En la época moderna - y desde Kant, para ser más precisos- esta relación sigue siendo reflexionada y elaborada desde perspectivas diferentes. Entre muchos posibles nombres, quiero destacar el de R. Dworkin quien al hablar de las constituciones políticas, sostiene que de ellas debe hacerse no solo una lectura jurídica, sino también una lectura moral. Esta afirmación reviste particular interés para nosotros, cuando se reconoce que nuestra Constitución política incorpora en su articulado claros contenidos morales (Preámbulo y artículos lo. Y 2o.) y nos propone un marco de democracia participativa, que es de todas las formas de organización política conocidas, la que mejor permite el desarrollo de los principios ético-morales fundamentales, como se mencionará mas adelante.

Tengo pues, mucho gusto, en presentarles algunas ideas en torno a la ética (y a la moral) que me parece serán pertinentes al trabajo que se adelantará esta tarde y que, espero, contribuirán también a fortalecer las distintas actividades que ustedes cumplen de formación ciudadana con vistas a la expansión y fortalecimiento de la democracia entre nosotros, no solo como régimen político, sino también como forma de vida, la más adecuada para alcanzar una sociedad equitativa y solidaria donde la vida digna sea posible para todos y con ello, la tan deseada paz.

Desarrollaré mi propuesta pedagógica para la democracia a partir de la dimensión ético-moral, en tres momentos : una inicial clarificación de conceptos, luego una articulación de los conceptos fundamentales de la moral y de la ética con sus homólogos en la democracia, para terminar proponiendo unas acciones hacia una pedagogía de la democracia vía formación ético-moral.

 

  1. Clarificación de conceptos.

Aunque en el lenguaje corriente se usan indistintamente los términos de moral y de ética, e incluso se intercambian, considero que es conveniente precisar su contenido, al menos para que ustedes sepan en qué sentido estaré usando cada uno de ellos.

Siguiendo a Adela Cortina, entiendo que la moral se refiere a los sistemas que proveen respuestas a las preguntas sobre cómo actuar, qué hacer en términos de los que está permitido o prohibido en una comunidad dada ; estas respuestas se dan teniendo como referentes los conceptos de lo correcto, lo debido, lo bueno en última instancia. En este contexto, la moral está necesariamente ligada a los comportamientos, sean éstos individuales (conductas) o colectivos (costumbres) ; ello significa que los juicios morales no puede aplicarse a ideas, pensamientos o intenciones, solo a comportamientos, punto este muy importante de recalcar porque nos permite entender el fundamento moral de un derecho humano fundamental cual es la libertad de pensamiento y nos lleva a cuestionar nuestra práctica de enjuiciar frecuentemente, no los comportamientos concretos, sino las ideas y pensamientos de los otros, antes de que éstos se traduzcan , efectivamente, en acciones.

Si los sistemas de moralidad prescriben cómo actuar, son normativos, enjuiciadores por tanto. Ello significa que al remitir toda acción a una norma que le sirve de referente, entran luego a determinar si aquella se adecuó o no a ésta, la cumplió o la violó, derivando así un juicio moral de moralidad o inmoralidad. Todo sistema moral enjuicia y ello es necesario, al ser normativo ; pero hay que llamar la atención sobre dos asuntos : los sistemas de moralidad no son sólo normativos (lo ampliaré mas adelante) y hay que estar seguros al enjuiciar, de tener clara la norma que nos sirve de referente, pues con frecuencia enjuiciamos teniendo como referente no una norma reconocida por todos, sino nuestros puntos de vista, nuestros prejuicios o temores, etc.

 

La ética, por el contrario, ni se refiere a comportamientos, ni es normativa, tampoco enjuiciadora. Es un ejercicio racional que los hombres realizan cuando se preguntan por los asuntos de lo moral, buscando esclarecerlos para comprenderlos y dar razón de ellos. Es pues un ejercicio que se cumple mediante la reflexión y la argumentación. Sin ánimo de entrar a definir la ética, propongo más bien una caracterización de ella con los siguientes rasgos : es un discurso, público, secular y con pretensiones de universalidad.

Ser un discurso significa que no es una teoría estricta, coherente y rigurosa en términos de verdad y certeza ; significa que es, más bien, un discurrir, un poner en marcha una discusión en torno a los temas y asuntos de lo moral. Y que este discurso no es un cavilar en mi interior, en una esfuerzo por hacer yo solo claridad sobre estas cuestiones ; se trata de un discurso público, que se pone en marcha frente a otros, con otros, ante quienes yo quiero dar cuenta de mis prácticas morales, mediante argumentos racionales y razonables que puedan ser entendidos por todos. Por ello se dice, también, que es un discurso no sólo público sino también secular, significando con ello que renuncia a los referentes religiosos, trascendentes e ideológicos. De esta manera, puede apelar a la universalidad, al prescindir de las creencias o convicciones religiosas , políticas o culturales particulares de cada quien.

Pongo un ejemplo, los derechos humanos se han convertido en un asunto ético por excelencia. Hemos construido alrededor de ellos un discurso público, secular (que apela unicamente a conceptos como ser humano, vida digna, reconocimiento y respeto, etc.) y con pretensiones de universalidad que esperamos sea reconocido por los hombres de todo el mundo y por las naciones de toda la tierra con prescindencia de sus trasfondos culturales, religiosos y políticos.

Si ha quedado clara esta diferencia entre la moral (referida a comportamientos y normativa) y la ética (como discurso reflexivo y argumentado), entenderemos que usamos incorrectamente estos conceptos al emitir juicios como éste : "ese médico no tiene ética", porque seguramente al hablar así, estamos calificando una conducta, una acción de mala práctica profesional, ubicándonos, por tanto, en el ámbito de lo moral y no de lo ético. Deberíamos decir claramente y sin ambages : "Ese médico obró incorrectamente (o inmoralmente) al actuar de esta manera (operar en estado de embriaguez, violar el secreto profesional, etc.)" ¿Por qué razón no hablamos así, y en vez de ello echamos mano, incorrectamente, del término ética ? Les propongo para su reflexión, varias respuestas.

Primera, nos gusta el término ética, está de moda, nos parece más culto, más objetivo, y lo usamos aunque no estemos muy seguros de su contenido. Segunda, no nos gusta el término moral : está desacreditado porque nos parece que la moral ha perdido credibilidad y reconocimiento, lo identificamos con el de religión y no queremos parecer religiosos, somos liberales y pensamos que cada quien decide que quiere hacer con su vida, somos respetuosos de los demás y no queremos entrar a juzgar a nadie. Por todas estas razones, usamos la palabra ética en vez de la palabra moral, pero con ello estamos expresando una gran desorientación sobre el tema y un desconocimiento de la verdadera naturaleza de lo ético y de lo moral.

A lo que quiero llegar con la clarificación de estos dos conceptos es a esto : que aunque el contenido de cada término (el concepto) es distinto, lo moral y lo ético van juntos ; que la ética no puede pretender sustituir a la moral pues desconocería su objeto propio ; y que ambos conforman la dimensión de lo ético-moral. Es esta doble realidad la que es relevante para la democracia y para la formación política, como espero dejar claro al final de mi exposición. Y vuelvo al ejemplo de los derechos humanos : ellos no pueden ser solo un discurso -un asunto de ética- tienen que convertirse en una práctica moral que permita que sean reconocidos y respetados efectivamente tanto en los comportamientos individuales como sociales e institucionales.

Lo moral, puede decirse, es el objeto de la ética y ésta reflexiona sobre lo moral haciendo de ello su lugar propio. Un sencillo ejemplo, tal vez, contribuya a una mejor comprensión de este aserto. Ninguno de ustedes confunde el arte con la estética. Sabemos que llamamos arte a los objetos (un cuadro, una obra musical, un texto literario, etc.) que consideramos bellos o que producen en nosotros una emoción que llamamos artística. Y que la estética es una teoría o reflexión sobre el arte a través de la cual queremos comprenderlo, interpretarlo, vivirlo más plenamente. Pues, de manera análoga, la estética es al arte lo que la ética es a la moral. Y así como puede haber arte sin estética (quien siente que algo es bello, que lo conmueve aunque sin saber por qué ni poder explicárselo) también, estrictamente, puede haber moral sin ética (quien cumple fielmente con la normatividad moral de su comunidad aunque sin hacerse de ello ninguna cuestión). Por el contrario, no puede haber estética sin arte al cual referirse, ni ética sin moral sobre la cual reflexionar. Hay que remarcar, necesariamente, que aunque es posible la moral sin ética (en personas de formación acrítica, en una tradición autoritaria, o de actitudes simples y un tanto ingenuas), ello no es lo más conveniente, pues la moral que no es criticada, reflexionada y sometida a escrutinio social, se anquilosa, rigidiza y puede terminar siendo obsoleta frente a los nuevos retos que la realidad propone.

Nosotros hemos tenido moral, por supuesto, aunque ésta haya sido una forma particular de moralidad, la religiosa ; pero, posiblemente, muy poca ética. Les pongo, nuevamente, un sencillo ejemplo. En una organización surge un conflicto entre uno de los empleados y su inmediato superior, debido a los frecuentes incumplimientos de aquel y a las llamadas de atención de éste. El empleado decide resolver su situación escribiendo una carta calumniosa contra su jefe, la cual pone a consideración de sus compañeros con el ánimo de conseguir firmas de respaldo. Es casi seguro que la mayoría de éstos se negará a ello, sin entrar en argumentos , aunque teniendo clara su formación moral acerca de la verdad, el respeto del otro en su dignidad, etc ; unos pocos -aunque tengan esta misma formación- ofrecerán apoyo por temor, por amistad o por interés personal al estar en una posición similar. Hasta aquí tenemos una situación típicamente moral que configura un conflicto referido a un comportamiento concreto : firmar o no firmar una carta, apoyar o no a un compañero. La ética hace su aparición en este escenario, cuando uno de los no firmantes se atreve a dar cuenta de sus razones para actuar así, cuando es capaz de fundamentar su decisión moral de no firmar dando argumentos seculares (el valor de la verdad, el respeto por el otro, el reconocimiento de los propios errores, el ambiente de confianza en un colectivo de trabajo, etc.), cuando es capaz de presentarse ante los demás como persona moral que ante un conflicto opta por actuar moralmente en términos de justicia, imparcialidad, de no hacer daño a otro. Más aún, esta persona que asume una postura ética al argumentar sus decisiones morales, invita a los que actúan distinto a él a dar a su vez sus razones, no limitándose a juzgarlos negativamente porque actúan y piensan de manera diferente. Se inicia así un discurso que es público, compartido, sobre un asunto moral que afecta a un grupo. Por último quien actúa éticamente, luego de escuchar otros argumentos y de poner los suyos en discusión, propone superar el conflicto buscando puntos de acuerdo (llamados principios) para orientar la interacción de quienes teniendo distintas posiciones morales tienen -a pesar de ello- que adelantar tareas comunes.

De este elemental ejemplo, pueden derivarse dos importantes consecuencias : si la moral enjuicia, como ya se dijo (= actuaste incorrectamente al firmar una carta que sabías era mentirosa y lesionaba injustamente a tu jefe), la ética pide cuentas, invita a dar razones del actuar (= ¿por qué firmas una carta que sabes es mentirosa y lesiona injustamente a tu jefe ?). En el primer caso la persona enjuiciada se siente culpable al ser incriminada ; en el segundo, se siente llamada a ser responsable, a responder por sus acciones y si no es capaz de dar cuenta de ellas satisfactoriamente, la culpabilidad surgirá de su propio reconocimiento del error cometido. La otra consecuencia es la de que no basta con actuar correctamente (la mayoría de nosotros lo hacemos buscando no solo el reconocimiento de los demás, sino sobretodo la satisfacción de nuestra propia conciencia), es necesario saber por qué se actúa así, fundamentar nuestras opciones y prácticas morales ; en ello consiste la madurez moral, en tener ética.

Por eso es tan importante como la formación moral, la formación ética que al igual que aquella, también empieza desde el hogar. Cuando el padre o la madre de familia al presentar al niño una norma moral (= no debes decir mentiras) la sustenta no en razones de autoridad (=porque yo te lo digo) o religiosas (=porque Dios lo quiere) sino en argumentos que ya el niño entiende (=la confianza, el respeto, etc.) y que le permiten ir apropiándose de la validez de las normas morales y de las prácticas que ellas rigen. Es esta la formación que requerimos no sólo para construir personas y comunidades morales, sino para avanzar en la construcción de ciudadanía, de prácticas democráticas y de participación política.

 

2. La democracia en la perspectiva de lo ético-moral.

Es sabido que la democracia fue inventada por los griegos y que desde sus comienzos tuvo serios adversarios, tanto en la teoría como en la práctica, ya que estaba signada por severas aporías que aún hoy persisten no completamente resueltas. Rápidamente cayó en el olvido hasta que en las postrimerías del siglo XVIII y al calor de las revoluciones norteamericana y francesa, fue reinventada de nuevo y desde entonces ha venido acompañando de manera más o menos precaria -en todo caso nunca plena- a muchas naciones. Sin pretender definir la democracia, quiero señalar algunos de los rasgos que la caracterizan y que mejor se prestan para trabajar una articulación entre ella y la dimensión de lo ético- moral.

Para nosotros democracia significa : igualdad, que los griegos llamaron isonomía (=las mismas leyes rigen para todos), autonomía (=las leyes son promulgadas por los mismos que deben someterse a ellas), libertad (= posibilidad de buscar el autodesarrollo en responsabilidad y solidaridad), ejercicio de la palabra que los griegos llamaron parresía (=hablar que permite el asentir y el disentir en los asuntos de interés público), participación (=pertenencia a un proyecto político cuyo sentido se comparte). No es aventurado señalar que algunos de estos conceptos son comunes al lenguaje moral y al político ; sea porque tienen un claro origen moral o porque prácticas morales recientes los han incorporado a su quehacer. En todo caso es un hecho, que algunos estudiosos han puesto de relieve, la articulación que es posible establecer entre moral y democracia.

Con el fin de aportar elementos a esta articulación bajo la forma de propuestas pedagógicas para la democracia desde la perspectiva de lo ético-moral, voy a presentarles aquellos rasgos de lo moral que la ética ha esclarecido como particularmente significativos para este efecto.

Empiezo señalando como condición para establecer esta relación, entender la moral como parte de la cultura, como producto social, histórico por tanto. En este contexto la moral se encuentra con la política y con los otros registros de la cultura con los cuales interactúa, a veces de manera conflictiva (educación y moral, ciencia y moral, economía y moral, etc.) Como producto cultural, la moral genera relaciones (la cultura misma puede entenderse como un grande y complejo entramado de relaciones) que difieren de las generadas por otros ámbitos de la cultura. Se dice que las relaciones morales se caracterizan por ser simétricas y recíprocas, cosa que nos se da en los otros registros donde las relaciones son jerárquicas y de una sola vía : entre maestro y estudiantes en la educación, entre padres e hijos en la familia, entre sacerdote (representante de la divinidad) y fieles en la religión, entre gobernante y gobernados en la política, entre artista y espectador en el arte, etc. Que las relaciones morales son simétricas significa que proceden del principio de igualdad y del reconocimiento del otro ; que son recíprocas significa que proceden del principio deber-derecho como un sólo concepto en el que mis deberes son tus derechos y mis derechos son tus deberes y del respeto al otro como igual.

También como parte de la cultura, la moral responde a necesidades vitales de los grupos humanos. A. Heller señala dos : la necesidad de resolver los conflictos de manera armoniosa y la necesidad de suscitar respuestas colectivas a asuntos de interés general ; de aquí que la ética haya desarrollado como asuntos centrales al quehacer moral, el discurso en torno a la justicia y el discurso en torno a la solidaridad. Porque no somos iguales, es preciso garantizar a todos un trato equitativo mediante la justicia ; porque todos somos iguales es posible asumir como propios los intereses y necesidades de los demás en solidaridad.

Todos los sistemas de moralidad parten del reconocimiento de tres principios : el de autodesarrollo que reconoce en todo ser humano su capacidad para llevar a cabo un proyecto vital que comprometa sus capacidades y aptitudes ; el de cooperación social que se refiere a la necesidad de cumplir ese desarrollo personal en tolerancia y disponibilidad al entendimiento con los otros, en solidaridad y corresponsabilidad con los otros ; el de autonomía que es el reconocimiento de la capacidad de todos los hombres de promulgar las leyes que pueden convenir a todos, dando así muestras de imparcialidad que posibilita actuar como singular en una perspectiva universal.

Punto central en todo sistema moral, como tuve ocasión de señalar en el primer apartado, es su carácter normativo, de regulación de comportamientos. Pero la moral no se reduce a lo normativo, ni siquiera es éste su más importante componente. Me detendré un poco más en este aspecto por ser uno de los puntos en los que la moral puede hacer un mayor aporte a la formación democrática en la medida en que ésta tiene como rasgo esencial la autolegislación o lo que es lo mismo, la autonomía. Se ha señalado que los comportamientos, sean éstos individuales o sociales (= conductas o costumbres) solo pueden adoptar dos formas : o derivan de normas y se llaman praxis (=Kant : toda actividad humana conforme a reglas) o tienden a fines y se llaman acción (=H. Arendt : proceso dirigido a la realización de un fin). Las normas son tanto jurídicas como morales, los fines son tanto de la acción política como de la tarea moral. Se prefigura así un escenario de interacciones pero también de conflictos entre lo político y lo moral.

La vida moral transcurre entre las normas y los fines y en medio de ellos, como un concepto puente, están los valores. Hablar hoy de normas es bastante impopular ; se ha caracterizado nuestro tiempo, correctamente, como un tiempo de anomia, de rechazo a las normas por considerarlas vinculadas a procesos de autoritarismo o por haber hecho de ellas un fin en sí mismas. La ética contemporánea se ha ocupado extensamente del asunto de la legitimidad de las normas -tanto jurídicas como morales- y frente a las críticas mencionadas ha mostrado, por una parte, que una norma que no es aceptada por los afectados por ella al considerar que sus intereses no han sido tenidos en cuenta, es ilegítima ; y, por otra, que las normas no pueden ser consideradas un fin en sí mismas pues ellas son un medio para la realización de valores. Más aún, ha mostrado que las normas son condición de socialización y mientras tengamos que convivir con otros, no podemos renunciar a ellas. Lo que sí podemos hacer es despojarlas de lo que las desfigura y ha vuelto ineficaces : presentarlas como fruto del acuerdo y no de la imposición, verificar que ellas, efectivamente, sean un vehículo para la realización de valores compartidos por aquellos a quienes van dirigidas.

El valor aparece así estrechamente ligado a la normatividad de cuya validez da cuenta : es válida la norma que, en verdad, tiene un valor tras de sí. ¿Qué es, entonces, un valor ? Es una opción, una elección que se hace con vistas a la realización de un fin. El valor, a su vez, será válido si, efectivamente, contribuye a la realización de un fin. Los valores en este contexto son entonces fruto de la interacción social porque los fines de los que dependen son, también sociales. En efecto, los seres humanos como individuos, no tenemos fines, solo metas y objetivos ; los fines ya lo dijo Kant (= los fines pertenecen a la especie) son siempre sociales, de la pareja, de la familia, de la escuela, de la profesión, del Estado, etc. En el plano individual, los intereses son los medios que nos permiten la realización de metas y objetivos ; estos intereses podemos convertirlos en valores en la medida en que logremos articular nuestros objetivos personales -válidos o no- a fines de interés colectivo.

Dentro del esquema que he propuesto, los fines son lo verdaderamente definitivo en el quehacer moral ; los valores dependen de ellos, por tanto no es completamente correcto decir que hay que recuperar los valores (y los buscamos mirando hacia atrás) porque ellos se encuentran mirando hacia el futuro, hacia lo que queremos llegar a ser, a hacer de nuestro sistema escolar, de nuestra familia, de nuestro país, etc. Y aquí me permito llamar su atención sobre este hecho: en verdad no hemos sido capaces de construir un sistema de valores que nos impulse definitivamente hacia la convivencia solidaria y el ordenamiento justo, mal podríamos hacerlo cuando aún no nos ponemos de acuerdo sobre los fines de la vida social., a todos los niveles. Las normas son un momento necesario, pues son la formulación prescriptiva de un valor, pero no son lo más importarte en la vida moral.

Todo lo dicho apunta a una comprensión de la vida moral como un proceso por el cual el ser humano busca convertirse en persona moral, de la misma manera que a través de la vida política se convierte en ciudadano. Una persona moral es aquella que es capaz de trazarse su proyecto de vida y de realizarlo en libertad y solidaridad y que sabe que para ello requiere de los demás, con quienes se integra para construir un proyecto social y moral de largo alcance. Así, el fin de la vida moral no es formar personas buenas, sino construir comunidades morales al interior de las cuales, aquellos que logran realizar el ideal de humanidad de esa comunidad, son considerados buenos.

Esta propuesta moral que he bosquejado, en la que son relevantes conceptos como igualdad y reconocimiento, justicia y solidaridad, autonomía y autodesarrollo, normas, valores y fines, es una propuesta relevante para una formación en democracia con la que comparte buena parte de estos conceptos. Pero no es una moralidad que sea realidad entre nosotros. Nuestros sistemas de moralidad (pues existe ya una pluralidad de ellos) son excluyentes e individualistas, por tanto insolidarios, temerosos de fomentar la autonomía , rígidos e inflexibles en su normatividad, carentes de fines que con fuerza legitimante permitan alcanzar acuerdos de manera libre y racional, y pobres en su propuesta de autodesarrollo humano. Transformar nuestros sistemas de moralidad de tal manera que contribuyan a propuestas (como la de la democracia participativa) que desde lo político surgen en la dirección de una convivencia justa, de una sociedad integrada y solidaria, es una tarea que no da espera.

 

  1. Propuestas pedagógicas para la democracia (desde lo ético-moral)

Como el subtítulo de este apartado lo enuncia, lo que sigue son sólo propuestas, sugerencias que pueden contribuir -transformando nuestras prácticas ético-mo rales- a la expansión y consolidación de nuestra vida democrática y, consecuentemente, al mejoramiento de nuestra vida política y ciudadana de tal manera que alcancemos los niveles de convivencia que requiere la realización de un proyecto político-moral de carácter nacional. Estas propuestas atinentes a las transformaciones que debemos introducir tanto en la esfera moral como en la ética, están relacionadas con los rasgos que, mencionados en el apartado anterior, caracterizan la democracia entre nosotros : igualdad como reconocimiento mutuo, autonomía como capacidad de autolegislar, ejercicio de la palabra como posibilidad no solo de consenso sino de disenso ; libertad como búsqueda responsable de realización personal ; la participación como pertenencia a una comunidad identificada en torno a fines compartidos.

Muy acertadamente los organizadores de este evento nos convocan bajo el llamado de "propuestas pedagógicas", esto es, relativas a la educación ; porque, en efecto, las educativas son las mejores estrategias para avanzar tanto en la formación cívico-política como ético-moral. Las propuestas que me permito esbozar a continuación apuntan hacia procesos educativos en los cuales los agentes centrales son los niños y jóvenes ; mientras que los adultos, sean o no docentes, cumplen todos tareas de acompañamiento, orientación y apoyo a los procesos formativos mediante los cuales se busca construir la persona moral y el ciudadano que el país requiere.

Desde la perspectiva moral, la primera tarea es enfrentar el individualismo. Siendo la vida política y moral, un tejido de relaciones, mal podría desarrollarse en un contexto individualista, de aislamiento, egoísta, competitivo e insolidario en el que solo haya lugar para los intereses individuales o grupales. Por lo demás, los valores, al estar vinculados a fines que son sociales, solo se realizan en la interacción : es actuando con otros como yo puedo ser justo, solidario, honesto, veraz, etc.

 

Es fundamental, también en la perspectiva moral, una segunda tarea de apoyar la construcción de la autovaloración, ligada a sentimientos como la confianza en sí mismo, la autoestima y el amor propio. Principio fundamentador de estos procesos es el autoreconocimiento, que posibilita la autoconciencia y la autorrealización. Todos estos conceptos asociados al de dignidad humana son determinantes a la hora de asumir la vida moral como un quehacer personal y comunitario, y la ciudadanía como la posibilidad de participar en un proyecto político-social de mayor calado. La ausencia de estos conceptos, producida por las llamadas heridas morales (daños causados a la capacidad de autoreferencia personal mediante la humillación, el desconocimiento o la negación por el otro) tienden a destruir la posibilidad de obrar responsablemente, esto es, moralmente.

Ligado al concepto de dignidad está, no solo un concepto de ser humano sino de vida humana. En la Ilustración se planteó de manera definitiva el primer tema y fue Kant quien lo enunció en términos que todavía hoy tienen vigencia : la dignidad del hombre está dada por el hecho de que es siempre un fin en sí mismo, nunca un medio y es digno aquello que tiene valor y no precio. El segundo tema -la dignidad de la vida humana- ha sido explicitado a través de la teoría de los derechos humanos que se entienden como aquellas condiciones que deben acompañar la vida humana para que en ella acontezca la dignidad del ser humano. Una tercera tarea es, así, la de educar en el respeto debido a todo ser humano por el sólo hecho de serlo y a la vida humana entendida como las diversas formas a través de las cuales se hace explícito y concreto un concepto de hombre. Ello es necesario, si aceptamos que toda dignidad merece respeto.

Una última tarea es la de educar hacia una comprensión del futuro y del largo plazo. Los fines que son siempre políticos y morales, sociales y comunitarios por tanto, nos colocan ya en la dimensión del largo plazo, de un futuro que no es nuestro, uncidos como estamos con nuestra existencia individual al corto plazo de nuestra biografía personal. Solamente a través de la participación en proyectos político-morales, a través de la vida pública, podremos superar los límites de nuestra vida temporal y trascender hacia un sentido social de nuestra existencia que nos incorpora a una historia y una cultura determinadas. La ideología individualista en la que nos movemos consciente o inconscientemente nos confina al momento presente y nos impide integrarnos a esta visión.

Desde la perspectiva de la ética, me permito proponer tres tareas. La primera es la de educar en el habla y la escucha. Si como dijimos la ética es una argumentación razonada y compartida, la palabra (que es convocación y por tanto escucha) es la herramienta por excelencia para la formación ética. Tampoco puede olvidarse que entre los griegos, el ejercicio político por excelencia era la palabra. Quien no logra expresar-se correctamente, comunicar-se con los demás hasta hacerse comprensible, tiende o al aislamiento que frustra o a la violencia que agrede.

Esta educación en el habla y la escucha, segunda tarea, va acompañada necesariamente por la formación para la crítica y la argumentación. Nuestra educación acrítica que niega el cuestionamiento, desestima la discusión y rechaza el disenso, presta un flaco servicio a la formación ético-moral y, de paso, a la formación política. Limita, además, nuestra capacidad de construir consensos y de llegar a acuerdos, mediados por un ejercicio argumentado veraz y transparente que reconozca en el otro su capacidad para actuar como interlocutor válido en asuntos que son de su competencia.

Ya para terminar, una tercera tarea. Educar en el reconocimiento del otro es introducir al niño y al joven en la dialéctica de la igualdad y la diferencia, de la pluralidad y la identidad, base de las relaciones sociales y de las construcciones culturales. Estos conceptos no son innatos, se construyen en las prácticas sociales y se aprenden en la interacción con los demás. Estrechamente ligados a valores morales como la igualdad, la dignidad y el respeto, estas categorías fundamentales en los procesos de socialización, lo son de manera particular, en los procesos de educación para la democracia y la participación política.

Aunque en apariencia estas tareas no están sustantivamente ligadas a las prácticas morales y al ejercicio ético, es su realización la que los hace posibles. Y de allí la premura con que hay que acometerlas ya desde la primera infancia pero continuando con ellas a lo largo de la vida. No es dictando más normas morales o ejerciendo mayores controles ; ni mediante actitudes escépticas y relativistas como vamos a recuperar y construir la esfera de lo moral y de lo ético que tan importante apoyo pueden ser al fortalecimiento de nuestra democracia y a la transformación de nuestras practicas políticas.

 

  1. A manera de conclusión.

Estoy segura de que a todos los reunidos aquí hoy nos anima la convicción de que la recomposición de nuestro tejido social deshecho, la consolidación de unas instituciones políticas eficaces y legítimas, la recuperación de la confianza y la participación ciudadanas, y el fortalecimiento de la democracia, requieren de una vuelta a la dimensión política en su sentido mas genuino, lo cual solo se logra a través de profundos y lentos procesos educativos y prácticas pedagógicas de largo aliento. Igualmente, estoy convencida de que nos anima la esperanza de que la dimensión ético-moral pueda ser un apoyo fundamental para el logro de esos fines. Y efectivamente puede serlo, ya que la moral ha sido motor e impulso en la búsqueda de una convivencia justa y solidaria que permita la vida buena de cada quien y de todos y la ética -ya desde Platón- se ha presentado como una esperanzada voluntad de transformación del mundo. De nosotros depende contribuir a la realización de esta tarea. Organizaciones como PARTICIPACCION y ANTIOQUIA : CONVERGENCIA Y DESARROLLO a la que yo pertenezco, nos permiten entrar a formar parte de esa esperanzada voluntad de transformación de nuestra realidad. Muchas gracias.

 

 

Beatriz Restrepo G.

Proyecto Antioquia : Convergencia y Desarrollo